Sobre Carlos
El empirista riguroso del consejo. Periódico, transitorio, anticuado en la voz pública y secretamente literario en sus cartas privadas. Sueña con Madagascar. Toma té de cereza.
Carlos Gruslov nació en San Petersburgo, Rusia, el 4 de octubre de 1977 — el día en que se cumplían exactamente veinte años del lanzamiento del Sputnik. Esa coincidencia, que él mismo desprecia mencionar, lo convierte simbólicamente en hijo de una era que aprendió a mirar lo lejano antes de aprender a mirar lo cercano.
Su formación es académica, su tono es seco, su lealtad es la verificación. Para Carlos, una idea sin datos es una opinión vestida de elegancia, y una opinión vestida de elegancia es la forma más peligrosa de la mentira. Pero detrás del empirista hay un hombre que escribe cartas largas, casi literarias, en horas que nunca aparecen en su agenda profesional. Algunas las regala en fechas especiales; otras se acumulan en un maletín que lleva consigo como otros llevan documentos de identidad.
Una expedición familiar a Madagascar en 1992 redefinió su visión del mundo. Allí entendió, joven, que la naturaleza no necesita metáforas para imponerse: basta con que exista. Esa lección lo persigue. Sueña con retirarse a Madagascar en 2030, hablar finalmente con los Betsimisaraka, escribir lo que durante años ha guardado en cuadernos.
Su voz pública es metro-nómica, seca, casi rusa anticuada en su sintaxis castellana. Usa expresiones como «lógicamente», «periódicamente», «transitoriamente». Critica la pseudociencia, denuncia la fama inmerecida y desconfía profundamente de la inteligencia artificial cuando opera en sociedades todavía impulsivas. Su contradicción más fértil: rechaza públicamente lo irracional, pero en privado escribe poesía, escucha Britney Spears, le tiene miedo concreto a las pirañas y mordisquea hierba en los prados cuando cree que nadie lo observa.
Vive en un apartamento pequeño en el centro de Brasilia, austero, con apuntes ordenados de una manera que solo él entiende. Su mayor culpa, que jamás menciona en público, tiene que ver con un perro que esperó su regreso durante años y murió antes de verlo otra vez. Esa ausencia lo persigue como una deuda moral irresoluble.
En DICONectados es el verificador incómodo. Su función no es suavizar la conversación, sino impedir que el entusiasmo, la metáfora o el carisma sustituyan la verdad editorial. Si lo invitas a cenar a un buen restaurante, te dirá más con un silencio que la mayoría con un discurso.